El Gigante de Hierro nos llamó de nuevo

Para la 30ª edición del Red Bull Erzbergrodeo, BTA volvió a Eisenerz para vivir desde adentro una montaña que celebró su historia, cambió de sonido y llevó a 500 pilotos al límite

Hay lugares que se quedan con uno mucho después de apagar el motor. Veníamos rodando hacia el sur desde Munich, atravesando los valles verdes de Austria con esa mezcla extraña de paisaje calmo y pulso acelerado. Yo iba en la BMW R 1300 GS. Pablo, en la nueva BMW F 450 GS. El cielo estaba limpio, el camino seco, y cada curva parecía acercarnos a algo que ya conocíamos, aunque todavía no podíamos explicar del todo.

Yo sabía lo que estaba por venir.

El año pasado, el Iron Giant nos agarró por sorpresa. Apareció en medio de una tarde gris, tallado en las montañas como una enorme herida mecánica en la tierra. Este año era distinto. Lo estaba esperando. En algún momento, después de una curva más, pasando los árboles y las granjas silenciosas, el valle se abriría y Erzberg volvería a mostrarse.

Y entonces apareció.

La montaña entera se levantó frente a nosotros, cortada en terrazas, caminos, cicatrices y niveles. Una mina de hierro en plena actividad que, durante unos días salvajes, se convierte en el patio de juegos más ruidoso del hard enduro. Desde lejos parece imposible. Desde adentro, cuando uno ya sabe lo que pasa ahí abajo, se siente viva.

Habíamos vuelto para la 30ª edición del Red Bull Erzbergrodeo, y ese número pesaba. Treinta años de roca, polvo, motores, llegadas imposibles y Karl Katoch todavía parado en el medio de todo, bandera en mano, dirigiendo de alguna manera esa locura.

En la entrada, todo se sentía familiar y nuevo a la vez. Martin Kettner nos recibió con la misma calidez que había hecho tan especial nuestra visita del año anterior. Flo, nuestro guía favorito de 2025, también estaba ahí, listo para llevarnos otra vez bien adentro de la montaña, ayudándonos a elegir los mejores lugares, los mejores ángulos, los mejores momentos.

Creíamos saber lo que Erzberg tenía preparado. Estábamos equivocados.

Un ruido distinto

El primer golpe real llegó con el REMUS Rocket Ride.

Para entonces, el clima de aniversario estaba en todos lados, pero la montaña no tenía ningún interés en ponerse nostálgica. Al pie del Erzberg, casi 300 pilotos se alinearon para la carrera de trepadas, cuatro subidas brutales una detrás de otra, con el público apretado a lo largo del recorrido y la luz de la tarde cayendo detrás de la mina.

Como BTA, nuestros ojos se fueron naturalmente hacia las motos grandes. Pol Tarrés y Kevin Gallas estaban ahí con sus Yamaha Ténéré 700, dos bestias bicilíndricas que sonaban más graves y pesadas que el enjambre de dos tiempos a su alrededor. Cada vez que una de esas Ténéré encaraba la subida a fondo, se podía sentir el cambio de tono en el pecho.

Después llegó la parte más extraña: silencio.

Bueno, silencio no exactamente. Más bien un zumbido eléctrico filoso cortando la banda sonora habitual de Erzberg. Las Stark VARG trepaban con un sonido que al principio parecía casi fuera de lugar, hasta que el cronómetro hizo imposible ignorarlas. Sebastien Tortelli ganó el REMUS Rocket Ride, seguido por Marc Sans y David Herbreteau, completando un podio íntegro para Stark Future.

El Iron Giant, un lugar construido sobre combustión, polvo, combustible y ruido, acababa de hacerle lugar a una nueva forma de violencia.

El viernes, el Iron Road Prolog mantuvo viva esa sensación. La lluvia había lavado las piedras y asentado el polvo, dándoles a los pilotos una línea rápida y con buen grip a lo largo del recorrido de 15 kilómetros. Andrea Verona terminaría llevándose la victoria del Prolog, por delante de Daniel Sanders y Carson Brown, mientras las motos eléctricas seguían demostrando que estaban ahí en serio.

Treinta años después, Erzberg seguía siendo ruidoso. Simplemente había aprendido una nueva voz.

Dentro de la locura del aniversario

Para el viernes a la tarde, la lluvia finalmente se había ido. El cielo se abrió sobre Eisenerz, las terrazas de la mina se secaron lo justo, y el clima en el paddock empezó a cambiar. La parte seria del Iron Road Prolog había llenado el día de velocidad, grava mojada y pilotos peleando por segundos a lo largo de la montaña. Pero a las 18:00, Erzberg estaba listo para otra cosa: La Kessel Parade.

Llamarla desfile suena casi demasiado prolijo. Esto era un carnaval en movimiento de motores, humo, disfraces, máquinas extrañas, scooters viejos viviendo su última danza, y motos que parecían existir únicamente para esta bajada al corazón de la mina. Incluso apareció un pequeño artefacto de ocho ruedas manejado con palancas, mitad rover lunar, mitad experimento de galpón, con varias personas arriba y, porque Erzberg tiene su propia lógica, un cajón de cerveza atado atrás. Al frente, por supuesto, iba Karl Katoch, liderando la procesión como el único hombre en la Tierra capaz de hacer que semejante caos pareciera organizado.

Seguimos la corriente hacia la cuenca de largada, ese mismo agujero sagrado en la montaña donde el domingo comenzaría la carrera principal. El tránsito frenaba y avanzaba por tandas, los marshals abrían y cerraban el flujo, y de alguna manera la locura iba encontrando su forma. Este año, la formación del aniversario era un enorme “30”, construido con más de 2,000 motos al pie del Iron Giant.

Esta vez no nos tocó primera fila. Nos acomodamos sobre el lado izquierdo de la formación, justo detrás de uno de los tractores que sostenía un cartel de Erzbergrodeo bien alto sobre la multitud. Desde ahí tuvimos la vista perfecta de algo que el año anterior habíamos entendido solo a medias: las quemadas tenían sistema.

Había tablones gruesos en el suelo, cada uno con un tope fijo para la rueda delantera. Los pilotos subían las motos a las tablas, apoyaban la rueda contra el soporte y abrían gas hasta que goma y madera empezaban a cocinarse juntas. El humo blanco se levantaba por toda la cuenca. Los neumáticos gritaban. La gente festejaba. Y, porque esto era Erzberg, el propio Karl estaba ahí dirigiendo una de las tablas oficiales de burnout. Solo acá esa frase podía tener sentido.

Después llegó la foto. Desde arriba, el “30” debía verse casi ceremonial. Desde adentro, era Erzberg puro. Miles de manos se levantaron al cielo, los motores encendieron, los aceleradores se abrieron, y la cuenca se convirtió en una pared de sonido. Nuestras BMW no podían quedar afuera de ese ritual. Un par de aceleradas, algunas risas de los pilotos alrededor, y de golpe éramos parte del coro.

Después vino la salida. O al menos esa era la idea.

Karl salió primero, bandera en mano, y una buena parte del grupo lo siguió de vuelta hacia la superficie. Pero muchos otros se quedaron dando vueltas por la cuenca, buscando una última excusa para no volver a la vida normal. Nosotros también nos quedamos. Para ese momento, ya se sentía: algo más estaba por pasar.

Todo empezó alrededor de un charco grande que había dejado la lluvia de la mañana. Un piloto lo cruzó y levantó una cortina de agua embarrada. Después otro. Después otro. En cuestión de minutos, el charco se había convertido en una arena. Pasaban en una rueda, con el freno trasero arrastrando y la rueda delantera casi vertical. Otros frenaban en el medio, hundían la rueda trasera y la hacían girar hasta que el agua explotaba detrás. Dos motos se enfrentaron y dispararon barro hacia lados opuestos. La gente gritaba, se reía y recién retrocedía cuando ya estaba completamente empapada.

Después, las máquinas se pusieron más raras. Un camión de Red Bull entró cargado de gente de prensa, influencers y chicas Red Bull. Se detuvo en el lugar equivocado en el momento perfecto. Un piloto plantó la moto en el charco, se puso de espaldas al camión y abrió gas. La rueda trasera lanzó una ola marrón directo a la caja. Todos recibieron su baño. Todos se rieron, incluso las víctimas.

Greg Gordinne se sumó con su Kove 800 Rally, dibujando donas sobre el agua con un control ridículo. Entró una KTM 890. Marcin Frymarkiewicz apareció con su Yamaha Ténéré 700 y parecía personalmente decidido a vaciar el charco sobre el público. Después llegaron esas cosas que solo Erzberg puede explicar: un hombre esquiando en el barro detrás de un quad, una pequeña máquina furiosa que parecía una cortadora de césped con problemas de carácter, y una Beta con dos ruedas traseras en línea, ambas movidas por cadena, tirando el doble de agua con cada acelerada.

En algún momento, alguien se tiró de panza al charco y empezó a nadar. Esa fue la Kessel Parade a los 30 años. Una foto gigante de aniversario, una ceremonia de burnouts y después un carnaval de barro donde el desastre parecía estar a segundos de llegar, pero nunca llegó. Sin choques. Sin heridos. Sin pánico. Solo botas empapadas, humo blanco, agua volando y mil caras riéndose como chicos que acababan de encontrar el patio de juegos más ruidoso del mundo.

Esa es la parte que nunca se ve por televisión. Eso es Erzberg desde adentro.

Cuando la montaña dejó de reír

Al día siguiente, esa misma cuenca se sentía distinta. El viernes había sido humo, charcos, burnouts y risas. El domingo se convirtió en la plataforma de lanzamiento para 500 pilotos mirando de frente cuatro horas de castigo. Erzberg tiene esa extraña habilidad de cambiar de cara durante la noche. Un momento es carnaval. Al siguiente, es juez.

Este año, incluso la largada había cambiado. Una hilera de troncos fue colocada delante de las motos, con cada rueda delantera apoyada contra la madera para mantener la línea pareja antes del banderazo. Caminando frente a la grilla, notamos que algunos pilotos ya habían quitado algo de pedregullo del otro lado de los troncos, armando pequeñas rampas para suavizar ese primer golpe. En Erzberg, hasta la ventaja más mínima se busca con lupa.

Arriba nuestro llegó el show aéreo, después el Red Bull Skydive Team, bajando desde el cielo y aterrizando casi encima de nosotros antes de entregarle la bandera a cuadros a Karl. El crawler del Schmidt 4x4 Racing Team hizo su pasada de inspección. Los cascos se cerraron. Los motores esperaron.

A las 13:00 en punto, Karl mandó la primera fila hacia la montaña. Yo me quedé abajo, pegado a las vallas, a pocos metros de donde los pilotos tenían que doblar a la derecha y atacar la primera subida. Pablo trepó hasta la cima de esa misma loma, dándole a BTA dos ángulos de la largada. Cuando esas primeras 50 motos pasaron, las sentí más de lo que las vi. El suelo tembló, el aire se partió, y una lluvia de piedras me pegó en las piernas como bienvenida oficial de Erzberg.

Desde ahí, Flo nos llevó más adentro. Waterline apareció primero, una trepada brutal seguida por una bajada fea hacia el bosque. Para llegar a nuestro lugar, avanzamos entre árboles, raíces, tierra suelta y piedras húmedas, agarrándonos de ramas mientras las motos pasaban como si la gravedad les hubiera hecho precio.

Después llegó Machine. Caminarla ya era bastante difícil. Manejarla parecía ilegal. Las piedras sueltas se movían bajo nuestras botas mientras los mejores pilotos subían en zigzag, levantando la rueda delantera, pivotando la moto y apuntando a la siguiente línea con una calma ridícula. Justo cuando estábamos por movernos, el sonido cambió desde abajo: venía Pol Tarrés.

Su Yamaha Ténéré 700 apareció enorme, ruidosa y de alguna manera elegante entre las motos de enduro. Verlo pasar esa Ténéré entre las piedras era difícil de procesar. Elegía líneas, pasaba pilotos y hacía que una adventure grande pareciera no tener idea de su propio peso. Llevaría esa T7 hasta el Checkpoint 19. Solo Pol puede hacer que esa frase suene casi normal.

Desde Machine nos movimos hacia Carl’s Dinner, el jardín de piedras del que todos hablan por una buena razón. Dividido en dos partes este año, en los Checkpoints 10 y 22, pedía dos veces el mismo tipo de sufrimiento. Caminar sobre esas rocas ya parecía una mala decisión de vida. Entonces apareció Graham Jarvis en la Jarv-E.

Cincuenta y un años, arriba de una moto eléctrica que ayudó a desarrollar, haciendo que uno de los sectores de piedras más temidos del hard enduro pareciera extrañamente calmo. Sin movimientos de más. Sin pánico. Solo equilibrio, paciencia y esa magia silenciosa de Jarvis que hace que el público se incline hacia adelante sin darse cuenta.

Dynamite nos dio otra muestra del nuevo sonido de Erzberg. Una de las Stark trepó clavando las uñas en la subida, con ese zumbido eléctrico rebotando contra las paredes de piedra, y de repente todo el tema del fin de semana volvió a aparecer. Treinta años de ruido, y ahora esto. Distinto. Real. Lo suficientemente rápido como para importar.

Adelante, Lettenbichler estaba haciendo eso que ya convirtió en costumbre en Erzberg. Mitch Brightmore lideró al comienzo, pero Mani tomó el control en el Checkpoint 4 y nunca dejó que la montaña lo trajera de vuelta. Llegó a la meta en 3:05:39, logrando su quinta victoria consecutiva en el Iron Giant e igualando la histórica racha de Taddy Blazusiak entre 2007 y 2011. Trystan Hart terminó segundo, con Mario Roman tercero.

Pero la meta en Erzberg nunca se trata solo del podio. Llegamos al Milwaukee Action Arena a tiempo para ver entrar a los últimos pilotos, cada uno recibido por Karl con la bandera de finisher. Quince pilotos de 10 países llegaron dentro del límite de cuatro horas. Tres de ellos fueron en motos eléctricas: Eddie Karlsson, Graham Jarvis y Toby Martyn. Una primera vez para Erzberg.

Entonces llegó Ryder LeBlond. Venía corriendo contra el reloj, entrando a la arena con todo el público clavado en cada segundo. Subió la rampa final, pasó sobre los troncos, cruzó la meta y siguió de largo. Sin pose de festejo. Sin grito de victoria. Llegó hasta donde estaban los demás finishers, se bajó de la moto y se desplomó en el piso, completamente vacío, pidiendo agua. Cuando se sacó el casco, su cara lo dijo todo.

Eso es lo que Erzberg te saca. Quince pilotos. Uno más que el año pasado. Eso fue todo lo que el Iron Giant permitió.

El llamado suena distinto ahora

Volvimos pensando que Erzberg quizás se sentiría familiar. Y lo fue, en pequeños destellos: la bienvenida de Martin, las rutas de Flo montaña adentro, Karl con la bandera, las paredes en terrazas, el olor a piedra mojada y motores calientes. Pero la 30ª edición tenía su propio pulso. Celebró el pasado sin quedarse quieta. Nos dio un “30” gigante hecho de motos, un charco que se convirtió en leyenda, motos eléctricas llegando a la meta por primera vez y a Mani escribiendo otra línea en la historia de Erzberg.

El Iron Giant nos llamó de nuevo. Esta vez, sonaba distinto. Y de alguna manera, se sintió aún más salvaje.

For the 30th Red Bull Erzbergrodeo, BTA returned to Eisenerz to witness a mountain celebrating its past, changing its sound, and pushing 500 riders to the edge
For the 30th Red Bull Erzbergrodeo, BTA returned to Eisenerz to witness a mountain celebrating its past, changing its sound, and pushing 500 riders to the edge
Autor: Mike de la Torre - Fotos : Red Bull Media, BTA Media

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