Persiguiendo el polvo por la Patagonia Cap.2
Volcanes, ripio y largos días de moto desde Bariloche
Capítulo 2
Patagonia tiene esa extraña capacidad de hacerte volver incluso antes de haberte ido. Hay lugares que uno visita una vez y guarda en la memoria. Y hay otros que, apenas los dejás atrás, ya empiezan a llamarte de nuevo. En el sur de Argentina, entre Bariloche, San Martín de los Andes y El Bolsón, las rutas de ripio se mezclan con volcanes nevados, lagos de un azul imposible, bosques interminables y montañas que parecen no tener fin. Un escenario que, para cualquiera que disfrute viajar en moto, resulta sencillamente irresistible.
Este recorrido por el corazón de la Patagonia reunió todo aquello que hace inolvidable un viaje sobre dos ruedas. Días enteros rodando por caminos remotos, senderos volcánicos al pie del Lanín, largas rectas atravesando la estepa, improvisaciones mecánicas en medio de la nada, glaciares escondidos bajo el imponente Tronador y, sobre todo, esas historias que solo aparecen cuando se comparte la ruta con un buen grupo de amigos. Con Big Trail Argentina ocupándose de toda la logística y una flota de Kove 450 Rally esperándonos lista para salir, a nosotros solo nos quedaba hacer lo que mejor sabemos hacer: seguir el camino y dejar que la Patagonia hiciera el resto.
Cuando la Patagonia bajó un cambio
Todo viaje largo tiene un momento en el que algo cambia.
No siempre ocurre en un lugar puntual ni responde a una decisión tomada de antemano. Simplemente pasa. Sin darte cuenta, dejás de avanzar hacia lo desconocido y empezás, casi sin querer, a girar el manubrio en dirección al regreso. Curiosamente, es justo ahí cuando el viaje suele mostrar otra de sus caras.
Con nosotros ocurrió al sur de San Martín de los Andes.
Las montañas seguían acompañándonos, enormes e inmutables bajo el cielo patagónico, pero el ritmo ya no era el mismo. Después de varios días internándonos en caminos remotos, los paisajes empezaron a abrirse y apareció esa extraña sensación de saber que todavía quedaba mucho por descubrir, aunque el regreso ya hubiera comenzado.
Todavía nos esperaban cruces de ríos, kilómetros de ripio, alguna reparación improvisada en medio de la nada y un último gigante de la cordillera aguardando nuestro encuentro. La Patagonia todavía tenía un par de cartas guardadas.
Mientras dejábamos atrás San Martín de los Andes rumbo a Bariloche, la moto parecía rodar con otra tranquilidad. Después de la intensidad de los senderos al pie del Lanín, las curvas asfaltadas y los tramos de ripio de la Ruta de los Siete Lagos casi se sentían como un descanso. Porque si hay algo que aprendí viajando por Patagonia es que nunca conviene relajarse demasiado.
La Ruta 40 nos llevó nuevamente hacia el sur hasta desviarnos rumbo a Villa Traful, un pequeño pueblo de montaña abrazado por uno de los lagos más increíbles que recuerdo haber visto. Bajo la luz limpia de la mañana, el agua mostraba un azul tan intenso que por momentos parecía irreal. Hicimos una breve parada para disfrutar un helado y, como suele pasar cuando uno viaja sin apuro, terminamos quedándonos un rato más antes de subir hacia uno de los miradores que dominan todo el valle.
Desde arriba, el lago se extendía entre bosques y laderas cubiertas de verde hasta perderse en el horizonte. Cada parada seguía confirmando la misma idea: en Patagonia alcanza con doblar una curva para descubrir un paisaje completamente distinto.
Los kilómetros pasaron casi sin que nos diéramos cuenta. Los valles comenzaron a hacerse más amplios, el tránsito aumentó un poco y el ripio volvió a mezclarse con algunos tramos de asfalto mientras emprendíamos el regreso hacia Confluencia.
Para la hora del almuerzo ya estábamos nuevamente allí, donde el equipo de Big Trail nos esperaba con la comida lista. Alcanzó con apagar las motos, sacarse el casco y sentarse a la mesa para que las anécdotas empezaran a aparecer solas. Cada uno recordaba una curva, un cruce de río o alguna maniobra que unas horas antes había parecido completamente normal y que ahora se transformaba en motivo de risas.
Después de comer retomamos la Ruta 237 rumbo a Bariloche. Atravesar otra vez el Valle Encantado desde el sentido contrario fue casi como descubrir un lugar nuevo. Las enormes formaciones rocosas mostraban perfiles completamente diferentes, las sombras caían sobre las paredes del cañón desde otro ángulo y el Limay volvía a regalarnos ese contraste de azules profundos que obligaba a bajar el ritmo una vez más.
Hay caminos que nunca se recorren igual dos veces.
Después de dejar atrás el Valle Encantado, volvimos a cruzar la angosta pasarela colgante de Villa Llanquín. Esta vez ya no había ansiedad ni esa mezcla de curiosidad y concentración del primer cruce. Las motos fueron pasando de a una mientras el Limay corría tranquilo varios metros más abajo y la vieja estructura de madera volvía a balancearse suavemente con cada rueda.
Hay lugares que cambian cuando los recorrés por segunda vez. No porque el paisaje sea distinto, sino porque el que cambió fuiste vos.
Un rato después retomamos el último tramo rumbo a Bariloche. La ciudad nos recibió otra vez con su mezcla de movimiento, cafeterías llenas, turistas caminando por el centro y el Nahuel Huapi dominando el paisaje como si nunca nos hubiéramos ido. Después de varios días rodando por algunos de los rincones más aislados de la Patagonia, volver a encontrar semáforos, tránsito y vidrieras resultaba casi extraño.
Pero también tenía su encanto. Era una pausa necesaria antes de volver a salir. Porque, aunque todavía no lo sabíamos, la Patagonia seguía guardándose algunas de las mejores historias para el final.
A la mañana siguiente cambiamos por completo el escenario. Después de varios días recorriendo caminos perdidos entre montañas, por una vez no salimos a buscar ripio. Tocaba disfrutar Bariloche y algunos de los lugares más emblemáticos que rodean la ciudad.
Recorrimos el Centro Cívico, siempre lleno de movimiento, turistas y motos que parecían multiplicarse en cada esquina. Desde allí encaramos hacia el Cerro Catedral, el centro de esquí más grande de Sudamérica, antes de continuar por el Circuito Chico, Colonia Suiza y el histórico Hotel Llao Llao. El Nahuel Huapi y el lago Moreno aparecían detrás de cada curva como si compitieran por quedarse con la mejor postal del día.
El clima tampoco podía haber acompañado mejor. Con el cielo completamente despejado, el reflejo del sol sobre los lagos hacía que todo pareciera todavía más intenso. El almuerzo nos encontró en Cervecería Patagonia, con una vista privilegiada sobre el lago Moreno. De esas mesas de las que nadie tiene demasiadas ganas de levantarse. Buena comida, cerveza artesanal, las motos estacionadas a pocos metros y una conversación que, desde hacía varios días, ya no giraba solamente alrededor de las motos.
Sin darnos cuenta, el grupo había cambiado. Lo que al principio era un puñado de personas que apenas se conocían empezaba a parecerse mucho más a un grupo de amigos compartiendo un viaje. Y cuando cae la noche, eso también se nota.
Las cenas terminaron convirtiéndose en una parte tan importante del viaje como los kilómetros recorridos. En Cervecería Blest descubrimos unas descomunales milanesas napolitanas con papas fritas y huevos fritos, tan grandes que cuatro personas podían compartir un solo plato. Entre bocado y bocado reaparecían las cargadas, las anécdotas del día, las caídas, los errores de navegación y, por supuesto, las bromas dirigidas a "Dimitri", nuestro supuesto piloto suizo sin experiencia, que seguía manejando el ripio como si hubiera corrido el Dakar durante media vida.
Al final, hay viajes que uno recuerda por los paisajes. Y hay otros que terminan quedándose para siempre por la gente con la que tuvo la suerte de compartir el camino.
La estepa abre el horizonte
Cuando dejamos Bariloche atrás una vez más, el paisaje volvió a transformarse. Las montañas quedaron atrás, los bosques desaparecieron y la estepa patagónica se abrió frente a nosotros con toda su inmensidad. Caminos de ripio rápidos, lomadas suaves y un horizonte que parecía no terminar nunca bajo ese cielo enorme del sur.
También cambió la forma de manejar. Con más espacio y mejor visibilidad, el ritmo aumentó de manera natural. La Kove 450 Rally podía estirar las piernas en largas rectas de tierra compacta, sectores de serrucho y curvas rápidas donde se mostraba firme, liviana y predecible. Era otra Patagonia, una que invitaba a abrir el acelerador.
Durante la mañana cruzamos varios arroyos y ríos que bajaban desde la cordillera. La poca nieve acumulada en los últimos inviernos había reducido mucho el caudal, así que la mayoría de los cruces resultaban simples.
Bueno... casi todos.
Seb, uno de los integrantes de la Legión Francesa, entró en uno de los cruces con la confianza suficiente para pensar que todo estaba bajo control. A mitad del río, la rueda delantera encontró un pozo escondido bajo el agua y, de un instante a otro, Seb y la Kove desaparecieron.
Primero vimos el chapuzón. Después llegaron los gritos, las risas y la preocupación, todo al mismo tiempo. Varios compañeros se metieron al agua para ayudar, mientras el resto tratábamos de entender qué acababa de pasar. Por suerte, Seb salió ileso, completamente empapado y con el orgullo bastante golpeado.
La moto era otra historia.
Guille, Luchi y Juanmi se pusieron a trabajar enseguida. Sacaron el asiento y el filtro de aire, levantaron la Kove casi en posición vertical para drenar el agua y luego hicieron girar el motor empujándola hacia atrás con una marcha engranada para expulsar cualquier resto que hubiera quedado dentro. Nunca había visto ese procedimiento tan de cerca, y una vez más quedó claro que en este tipo de viajes siempre aparece algo nuevo para aprender.
Colocaron un filtro nuevo, apretaron el arranque y el motor volvió a la vida casi de inmediato. El festejo fue general. Seb seguía empapado. La Kove también estaba lista para seguir. Y desde ese momento nadie volvió a dejarlo cruzar un río sin recordarle dónde estaba el famoso pozo.
Al costado del camino empezaron a aparecer unas vías angostas que se cruzaban con nuestra ruta una y otra vez: era La Trochita, el legendario Viejo Expreso Patagónico, que durante buena parte del siglo pasado conectó algunos de los pueblos más aislados de Río Negro y Chubut. Todavía hoy una parte del recorrido sigue funcionando con sus locomotoras a vapor y vagones de madera.
No pude resistir la tentación. En uno de los cruces me desvié unos metros y avancé lentamente sobre las vías. Fueron apenas unos kilómetros, completamente innecesarios, pero suficientes para volver a sentirme como un chico haciendo algo que probablemente no debería. Valió completamente la pena.
Seguimos hasta que apareció un problema mucho más urgente: el hambre. Buscando un poco de sombra encontramos un pequeño puesto perdido en medio de la estepa. Apenas el dueño vio llegar la caravana de motos salió a recibirnos y, sin conocernos de absolutamente nada, nos invitó a acomodarnos bajo los árboles mientras esperábamos la camioneta de apoyo con el almuerzo. Son esos gestos los que uno nunca termina de olvidar.
Un rato después apareció Juanmi manejando la camioneta, y ahí descubrimos que no venía solo: en la caja viajaba la Kove de Dimitri. Nuestro supuesto "novato" suizo había vuelto a entrar demasiado fuerte en una curva y terminó golpeando una gran piedra que asomaba por la parte interna. El impacto arrancó el soporte del escape y dejó el silenciador colgando.
Las cargadas empezaron antes de que la camioneta terminara de estacionar. Pero lo mejor estaba por venir: el dueño del puesto también tenía una soldadora.
Mientras almorzábamos y seguíamos riéndonos de Dimitri, el hombre, cuyo nombre nunca llegamos a saber, fue bautizado como Osvaldo. Nadie recuerda quién empezó, pero quedó así para todo el viaje. Fue el propio "Osvaldo" quien apareció con una vieja lata de "alverjas", como él la llamó, para que Juanmi improvisara un soporte nuevo para el escape. Hicimos un esfuerzo enorme por mantener la compostura mientras la lata terminaba convertida en una pieza mecánica y la palabra quedaba para siempre entre las anécdotas del viaje. Pocos minutos después, la Kove estaba otra vez lista para rodar.
Todavía hoy me cuesta creer esa escena. A cientos de kilómetros de cualquier ciudad importante encontramos exactamente la herramienta y la persona indicada para seguir viaje. Y, como si todo eso fuera poco, unos minutos después varios ya estaban revisando mensajes gracias al internet satelital de la camioneta de apoyo. La aventura en 2026 también puede tener Wi-Fi en medio de la estepa.
Después de almorzar seguimos hasta El Maitén, donde funcionan los históricos talleres de La Trochita, antes de continuar hacia El Bolsón y volver a ganar altura. Poco a poco las montañas regresaron al horizonte, los bosques reaparecieron y la Ruta 40 volvió a conducirnos hacia el oeste, hasta el centro de esquí Laderas, ubicado a los pies del Cerro Perito Moreno.
El hotel donde pasaríamos la noche había abierto exclusivamente para nuestro grupo, aunque la temporada de esquí todavía no había comenzado. Después de más de 300 kilómetros de ripio, cruces de ríos y reparaciones improvisadas, llegar a una habitación cálida en medio de la montaña se sintió como un premio. No hizo falta decir demasiado. Esa noche todos nos dormimos apenas apoyamos la cabeza en la almohada.
Bajo los hielos del Tronador
La última jornada de manejo comenzó con un clima muy distinto al de los días anteriores. Durante el desayuno ya no hacía falta mirar el cronograma para saber que el viaje estaba llegando a su fin. Se notaba en las conversaciones, en los movimientos tranquilos de cada uno y hasta en la forma de preparar las motos antes de salir.
Una parte del grupo puso rumbo a Bariloche para asistir a la primera fecha del Campeonato Mundial de MXGP. Sergio y yo, en cambio, decidimos estirar un poco más la aventura y aprovechar el último día para conocer uno de esos lugares que hacía tiempo queríamos recorrer: el Cerro Tronador. Con sus 3.491 metros de altura, es la montaña más alta del Parque Nacional Nahuel Huapi y recibe su nombre por el estruendo que producen los enormes bloques de hielo al desprenderse de sus glaciares.
El acceso al Tronador ya justifica el viaje por sí solo. La ruta se abre paso siguiendo el curso del río Manso, con un sistema de circulación en un solo sentido que permite disfrutar el ascenso sin cruzarse con vehículos de frente en los sectores más angostos. Nosotros llegamos justo cuando habilitaron la subida, así que el camino quedó prácticamente para nosotros.
Curva tras curva, el ripio serpentea entre bosques, cascadas, paredones de roca y laderas que parecen colgar sobre el valle. En algunos sectores apenas encuentra lugar para abrirse paso entre la montaña, mientras el lago Mascardi aparece una y otra vez varios metros más abajo. Es uno de esos caminos donde cuesta decidir qué hacer primero: mirar el paisaje o concentrarse en la próxima curva.
Hasta que, de golpe, aparece él. El Tronador. Inmenso. Completamente blanco. Dominando el horizonte bajo un cielo de un azul tan profundo que parecía exagerado. Después de tantos días recorriendo algunos de los paisajes más espectaculares de la Patagonia, uno podría pensar que ya nada logra sorprenderlo. Se equivoca.
Llegamos a Pampa Linda, el pequeño poblado que sirve como base para quienes visitan la zona, y desde allí continuamos hasta uno de los lugares más sorprendentes del viaje: el Ventisquero Negro.
A diferencia de la mayoría de los glaciares, aquí el hielo no es blanco. Durante siglos fue arrastrando arena volcánica, sedimentos y fragmentos de roca que terminaron dándole ese color oscuro tan particular. Los témpanos negros flotando sobre el agua color turquesa crean un contraste difícil de describir. Hay que verlo.
Mientras permanecíamos en silencio frente al glaciar, un estruendo profundo hizo retumbar todo el valle. Después llegó otro. Y otro más. Eran enormes bloques de hielo desprendiéndose en algún lugar de la montaña. Ahí entendimos por qué se llama Tronador. Nos quedamos mucho más tiempo del que habíamos imaginado. A veces uno viaja miles de kilómetros buscando justamente eso: un lugar donde no hace falta hablar porque el paisaje ya está diciendo todo.
Cuando llegó la hora de bajar, el camino volvió a abrirse exclusivamente para el tránsito de descenso. Otra vez sin vehículos de frente. Otra vez disfrutando cada curva antes de volver a Bariloche.
Todavía hicimos un último desvío hacia la Cascada de los Alerces. El agua del río Manso cae con fuerza dentro de un estrecho cañadón rodeado de bosque nativo, ofreciendo una de esas postales que parecen resumir toda la esencia de la cordillera. Agua. Bosque. Montaña. Silencio. No se me ocurre una imagen mejor para despedir este viaje.
Esa tarde regresamos a Bariloche, donde poco a poco el resto del grupo volvió a reunirse en el hotel. Los cascos descansaban junto al equipaje, las camperas seguían cubiertas de polvo y las conversaciones saltaban de una mesa a otra intentando estirar unas horas más un viaje que ninguno tenía demasiadas ganas de terminar.
Porque los viajes en moto tienen esa costumbre: siempre terminan demasiado rápido.
Pero mucho después de lavar la moto, guardar el equipo o volver a la rutina, una parte de uno sigue rodando por esos caminos. Y si ese viaje fue por la Patagonia... es muy probable que nunca termine del todo.
Escrito por: Mike de la Torre - Fotos: Machi Romanelli, Mike de la Torre
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