Viaje Épico en Moto desde Ushuaia hasta Alaska

Un Sueño Hecho Realidad

     En los anales de la historia del motociclismo, hay viajes que se convierten en leyendas y viajeros que se transforman en héroes de sus propias epopeyas. Entre estas historias, el relato de Diego Roson resuena con una melodía única de aventura y sueños reavivados. A sus 55 años, Diego se embarcó en una travesía que muchos solo se atreven a soñar: recorrer las Américas de punta a punta, desde Ushuaia, en el extremo sur, hasta la lejana Alaska. Esta narrativa comienza con la primera etapa de su odisea, un viaje de La Quiaca a Ushuaia, a bordo de una fiel Royal Enfield Classic 500.

Diego, un argentino con un espíritu tan libre como las vastas rutas que recorre, encuentra inspiración en las palabras de Jack Kerouac: 'Los únicos que me interesan son los locos, los que están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, deseosos de todo al mismo tiempo, los que nunca bostezan ni dicen algo trivial, sino que arden, arden como fabulosas velas romanas amarillas estallando como arañas a través de las estrellas'. Este sentimiento, de En el Camino (1957), encapsula la esencia del viaje de Diego y su vida. Haciendo eco de la libertad de los años 60, su hija Martina lo llama cariñosamente 'Hippie', un apodo que él abraza con orgullo, reflejando su anhelo de libertad y aventura.

Ushuaia a La Quiaca

El Inicio Inesperado de un Sueño Rumbo al Norte

El viaje de Diego Roson, aunque destinado de Ushuaia a Alaska, tomó un giro inesperado desde el principio. Debido a factores logísticos, lo que originalmente se había planeado de Ushuaia a La Quiaca tuvo que invertirse, comenzando una aventura rumbo al norte llena de experiencias y desafíos imprevistos.

La odisea de Diego comenzó verdaderamente en un momento de tranquila introspección, mucho antes de que el rugido del motor marcara el inicio de su viaje físico. Al deslizar la lona del camión en La Quiaca, sus ojos se posaron en su moto, esperando pacientemente en las sombras. Fue una revelación conmovedora, un símbolo tangible de que su anhelado sueño estaba a punto de desplegarse. 'Nuestro sueño estaba comenzando', reflexionó, con una mezcla de asombro y emoción en su voz.

Preparándose para la carretera, Diego y su amigo de toda la vida, Willy, subestimaron la tarea de empacar su equipo. Bajo el abrasador sol matutino de San Salvador de Jujuy, se apresuraron a organizar sus pertenencias, una tarea que más tarde requeriría varias paradas para reajustes y verificaciones de equilibrio. Fue un humilde comienzo, marcado por risas y el espíritu sutil y burlón del difunto padre de Diego. Un hombre que había vivido con el alma de un Daniel Boone, había inculcado en su hijo una sed insaciable de aventura. El espíritu de su padre, riendo suavemente sobre su hombro, parecía deleitarse en los primeros momentos del viaje, divertido por los errores de novato de los primeros kilómetros.

Mientras la primera luz del amanecer se deslizaba sobre el horizonte, Diego y Willy se embarcaron en el tramo inaugural de su aventura, a la que habían llamado cariñosamente 'Monos en la Ruta'. Su viaje comenzó con una salida temprana desde La Quiaca, marcando el inicio de lo que prometía ser una historia inolvidable. El pueblo, silencioso y desierto a las 7:00 AM, ofreció un telón de fondo tranquilo mientras comenzaban su pilotaje. Manteniendo la tradición de los viajeros de carretera, fijaron con orgullo su calcomanía 'Monos en la Ruta' en una señal de carretera, marcando su paso y uniéndose a una comunidad de pilotos que habían pasado antes que ellos.

Al dejar La Quiaca bajo una nube negra y amenazante que proyectaba su sombra sobre la cordillera, una sensación de suspense envolvió los primeros kilómetros. Desprevenidos para una tormenta repentina, fueron tomados por sorpresa y empapados, la combinación de su ropa mojada y el frío de 52°F (11°C) les provocó escalofríos.

Su primera pausa notable llegó cuando divisaron un autobús abandonado en un campo, evocando escenas de 'Into the Wild'. Impulsados a capturar el momento, se sintieron brevemente como si fueran parte de una gran aventura similar a la película.

Su viaje a través del paisaje del Norte argentino fue una revelación. Diego quedó asombrado por su belleza, deteniéndose innumerables veces para tomar fotos. Cada parada era un recordatorio de sus gafas extraviadas, una molestia humorística que prometió solucionar con urgencia.

     El viaje del día dio un giro emocionante al acercarse a la Cuesta de Lipán. Este tramo, parecido a un parque de atracciones para los motociclistas, ofrecía cientos de curvas que conducían al punto más alto del día, a 13.681 pies (4170 metros) sobre el nivel del mar. El descenso desde esta cima fue igualmente emocionante, llevándolos hacia las Salinas Grandes, un paisaje extenso y de otro mundo de infinitos salares blancos.

Un encuentro afortunado les permitió un increíble pilotaje de dos horas a través del salar. Sin embargo, su deleite en la belleza de Salinas Grandes significó una salida tardía hacia Susques. Los ásperos caminos de ripio de la Ruta 40 les presentaron paisajes impactantes, pequeños pueblos indígenas y rebaños de animales, pero también la frustración de perder y luego recuperar su cámara GoPro.

Su día culminó con una llegada tardía al Viaducto La Polvorilla, parte del famoso Tren de las Nubes. El sol se ponía, dejándoles poco tiempo para admirar esta maravilla de la ingeniería. La noche los tomó por sorpresa, obligándolos a romper su promesa de no pilotar en la oscuridad y empujándolos a continuar hasta San Antonio de los Cobres, buscando la calidez de una cama en lugar de la fría perspectiva de acampar con una temperatura de 37°F (3°C).

Primer plano del guardabarros delantero alto y la rueda de la Ducati DesertX Rally.
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    El segundo día, después de cubrir una distancia de 300 millas (484 km), Diego, Willy y sus Royal Enfield Classic 500 se enfrentaron a desafíos que pusieron a prueba su resistencia. El viaje a través de paisajes escarpados y obstáculos imprevistos los llevó al límite, forjando un vínculo inquebrantable entre el hombre y la máquina. Después de una noche en el entorno rústico de San Antonio de los Cobres, comenzaron el día con el mantenimiento rutinario de la moto, preparándose para la desafiante ruta que tenían por delante.

Un cambio de planes llevó a Diego y Willy a explorar la cautivadora Quebrada de las Conchas. Este desvío, ubicado entre Cafayate y la ciudad de Salta, ofrecía un paisaje impresionante que era casi de otro mundo en su belleza.

Diego describió esta parte del viaje en su libro, diciendo: "La Quebrada de las Conchas era como pisar otro planeta. Cada curva revelaba un paisaje más asombroso que el anterior, un vívido tapiz del arte de la naturaleza."

Después de capturar la belleza de la Quebrada en fotografías y recuerdos, desandaron sus pasos hacia su destino final del día, Chilecito. El pilotaje fue una mezcla de pueblos pintorescos y carreteras abiertas, que finalmente los llevó al vasto y aparentemente interminable desierto. Este tramo, caracterizado por una línea recta perfecta que atraviesa el corazón del desierto, fue una prueba de resistencia y concentración.

Diego comentó: "Dos horas de pilotaje recto bajo el calor implacable del desierto, solo con la compañía ocasional de una cabra salvaje o un burro. Fue tanto una meditación como un desafío."

Su viaje los llevó a través de Belén, donde hicieron una pausa para tomar una foto en el icónico cartel de la Ruta 40 en el Km 4040. Luego pasaron por Londres, rindiendo homenaje al origen de sus Royal Enfield motos, y exploraron las ruinas de Shincal. Aquí, tomaron un descanso para el mantenimiento de la moto y la hidratación, sintiendo la intensa presencia del calor del desierto. En esta etapa de la aventura, lograron recorrer una distancia de 294 millas (474 km).

     La cuarta etapa de su odisea, aunque planeada como un tramo más corto de 151 millas (244 km), floreció inesperadamente en un día rebosante de aventura. Cada curva en el camino reveló nuevos desafíos y maravillas, transformando lo que estaba destinado a ser un viaje breve en un día completo de exploración y descubrimiento. Al salir de Chilecito, Diego y Willy se encontraron con un compañero motociclista, Rubén de Formosa, quien también se dirigía a Ushuaia. Se enteraron del próximo Encuentro Internacional de Viajeros los días 29 y 30 de noviembre, un evento que revigorizó sus espíritus y añadió un nuevo objetivo a su itinerario.

Diego rememora en su libro: "Encontrarse con Rubén fue un recordatorio de la camaradería que existe entre aquellos de nosotros que abrazamos el camino. Su historia, muy parecida a la nuestra, fue escrita milla a milla."

Su ruta los llevó a través de la Cuesta de Miranda, un camino que serpentea por paisajes impresionantes y es un paraíso para los motociclistas. Aquí, saludaron a grupos de pilotos de todas partes, pilotando motos de varias marcas y modelos: BMW, Ducatis, KTM, Harley, y más.

"A la carretera no le importa la marca ni el tamaño del motor. Es el espíritu del pilotaje lo que nos une a todos", escribió Diego sobre esta experiencia.

Continuando su viaje, visitaron el Parque Nacional Talampaya y el Parque Provincial de Ischigualasto, también conocido como el Valle de la Luna. Ambos parques ofrecían paisajes contrastantes pero igualmente impresionantes, con el primero conocido por sus imponentes paredes rojas y estatuas naturales, y el segundo por su terreno monocromático, similar a la luna.

El relato de Diego sobre el día refleja su asombro: "El lienzo de la naturaleza en Talampaya e Ischigualasto era un contraste fascinante: uno pintado en rojos intensos, el otro en grises lunares. Pilotar a través de estos parques era como atravesar mundos diferentes."

Su día terminó en San Agustín del Valle Fértil, donde se alojaron en una cabaña que resultó ser la casa del propietario, un giro humorístico en sus planes de alojamiento y un maravilloso ejemplo de la inesperada generosidad y hospitalidad que encontraron en su viaje.

Y recuerda:

No solo acumules kilómetros, acumula recuerdos.

Fotos: Diego Roson – Textos: Mike de la Torre

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Revista BTA Septiembre 2023

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